El regreso de Pepe Murúa a Metán trajo de vuelta el pesebre que arma desde hace 45 años y que muchos vecinos recuerdan de su niñez, cuando se cantaban villancicos frente al nacimiento.
Hay tradiciones que no hacen ruido. No buscan escenario ni aplauso, pero persisten. En Metán, el pesebre que cada Navidad arma la familia Murúa es una de ellas. Desde hace 45 años, la escena del nacimiento vuelve a levantarse en una casa común, en una calle cualquiera, y termina convocando a vecinos de todas las edades que llegan, miran, recuerdan y, por un rato, se quedan.
José «Pepe» Murúa es quien le da forma año tras año. Lo hace en familia, con tiempo, con paciencia y con una dedicación que no se aprende en manuales. El pesebre no es estático; tiene luz, sonido, movimiento y, en algunos tramos, animales reales. Pero lo que más llama la atención no es el tamaño ni el despliegue, sino la intención. “Esto se está perdiendo”, dice Pepe, casi como una advertencia tranquila, mientras señala cada rincón. Por eso abre las puertas de su casa y agradece que se difunda. No para mostrarse, sino para que la costumbre no se apague.
Durante casi dos décadas lo armó en el mismo lugar de Metán. Luego, por razones de vida, continuó la tradición en Cafayate. Al regresar, el pesebre volvió con él. Y con ese regreso también volvieron los recuerdos; vecinos que hoy son padres se acercan con sus hijos y se reconocen en la escena. Algunos recuerdan cuando cantaban villancicos frente al nacimiento; otros se sorprenden al verse reflejados en sus chicos, ahora del otro lado.
Mercedes, su madre, acompaña desde siempre. No desde el protagonismo, sino desde la mirada atenta. Para ella, el pesebre es una forma simple de enseñar. Los chicos llegan, escuchan un pájaro, un perro que ladra, una vaca que muge, y empiezan las preguntas. Ella lo resume sin vueltas: ahí nace el aprendizaje, sin reto, sin apuro. Mirar, preguntar, entender.
El armado lleva días. No hay horarios rígidos ni rutinas cerradas. Cada año se ajusta, se cambia, se mejora. Una de las modificaciones más visibles fue idea de su hijo mayor; hacerlo circular, para que pueda recorrerse. Así nadie queda adelante tapando a otro, y todos pueden mirar. Parece un detalle, pero no lo es. Es pensar el pesebre para los demás.
El pesebre se puede visitar en Buenos Aires Este 457, a media cuadra de la cancha de Veteranos, desde temprano y hasta cerca de las 23 horas. No se cobra entrada. No hay consignas. “Vengan a verlo”, dicen. Para la familia Murúa, lo que se arma ahí no es propio. Pepe lo dice sin grandilocuencia; esto no lo hago yo solo, esto viene de arriba, haciendo referencia a Dios.
Cada diciembre, esa casa vuelve a abrir sus puertas. Algunos pasan de paso, otros se quedan un rato más. Hay quienes se van con la idea de armar un pesebre en su casa, aunque sea sencillo. Y alcanza. Porque, como suele decir Pepe, el nacimiento no necesita grandeza: puede ser grande o pequeño, pero siempre tiene lugar cuando alguien elige no dejarlo en el olvido.
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