La crecida del río de Las Conchas empujó a una familia de seis personas a abandonar el lugar donde vivía y, tras la última tormenta, perdieron lo poco que tenían. Hoy sobreviven en una estructura de plástico, sin camas, sin ropa seca y con cuatro menores a cargo.
Las cámaras de Spacio TV se trasladaron en las últimas horas a la zona norte de la ciudad, muy cerca de las márgenes del río de Las Conchas. Allí, donde el paisaje combina barro, restos de crecidas y viviendas precarias, vive Andrea junto a su familia. O, mejor dicho, intenta vivir. La última tormenta no solo volvió a poner en riesgo ese sector: terminó de desarmar lo poco que tenían.
La escena no requiere adjetivos. Ropa colgada intentando secarse sin sol, muebles inutilizables, colchones empapados, plásticos sostenidos como pueden para ofrecer algo parecido a un techo. Andrea habla despacio, se detiene, respira. “Perdí todo”, alcanza a decir. La lluvia se llevó la ropa, el calzado de los chicos, las camas, los colchones. Lo indispensable.
Hasta hace poco estaban aún más cerca del cauce. El avance del río los obligó a correrse. No tienen vivienda. Se instalaron donde pudieron, del lado norte, armando una estructura casi íntegra de plástico. Allí conviven seis personas en una sola pieza: Andrea, su pareja y cuatro menores de edad. Una nena de 11 años, un varón de 13, y dos adolescentes de 14 y 15.
“Estamos todos ahí, apretaditos”, cuenta. No hay más espacio ni materiales para ampliar. La prioridad fue cubrirlos, aunque sea de manera precaria. “Lo que más pudimos hicimos para tener a los chicos bajo techo”, explica, mientras señala paredes que no son paredes y un techo que no es techo, sino un armado provisorio para resistir la intemperie.
La tormenta no solo mojó: arrasó. Parte de sus cosas fueron directamente arrastradas por el agua. Lo que quedó, se rompió. Hoy duermen en el piso, sobre colchones húmedos. No tienen agua. Solo cuentan con luz. Los bidones se terminaron. No hay ropa seca. No hay calzado. No hay camas. No hay margen.
Su pareja trabaja desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, en horario corrido. Aun así, no alcanza. Cuatro menores dependen de ese ingreso. La lluvia terminó de desnudar una situación que ya era frágil.
Andrea no pide lujos. Pide lo básico: ropa, calzado, colchones, camas, agua, lo que se pueda. “Perdí todo directamente”, repite. Y no es una forma de decir.
Metán ha demostrado, una y otra vez, que sabe organizarse cuando la urgencia golpea una puerta. Hoy golpea una casa de plástico, al final de la calle José Ignacio Sierra, cerca de la rotonda: se dobla a la izquierda, unos treinta o cuarenta metros, y allí está. No hay número que buscar. Se reconoce sola.
Quienes puedan colaborar pueden comunicarse directamente con Andrea al 3876 431590. Cada abrigo, cada par de zapatillas, cada colchón, cada bidón de agua tiene un destino concreto: cuatro chicos que hoy duermen en el piso y una familia que quedó, literalmente, a la intemperie.
La lluvia no distingue. Arrastra. Pero la respuesta sí puede distinguir a una comunidad. Y esta vez, Metán tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de volver a estar.
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