El uso de redes sociales, la inteligencia artificial y el acceso temprano al teléfono móvil abrieron una discusión urgente sobre atención, vínculos, sueño, ansiedad y control adulto. Especialistas advierten que el problema no es la tecnología en sí, sino el lugar que ocupa en la vida cotidiana.
El celular dejó hace tiempo de ser un simple medio de comunicación. Hoy ordena conversaciones, trabajo, entretenimiento, estudio, vínculos, compras, trámites y hasta momentos de angustia. Está en la mesa familiar, en el aula, en la cama, en la fila del banco y en la mano de chicos que todavía no saben leer del todo, pero ya deslizan la pantalla con una naturalidad asombrosa.
La escena se volvió tan habitual que casi no incomoda. Y ahí está, precisamente, una parte del problema.
El licenciado en Psicología Fernando Serrano Urdanibia, (M.P. 1894), planteó una mirada psicoeducativa sobre el impacto de las redes sociales, los celulares y la inteligencia artificial en la salud mental. Su análisis apunta a una preocupación creciente en familias, escuelas y consultorios: el uso sostenido de pantallas ya no sólo modifica hábitos, también incide en la atención, el sueño, la conducta y la manera de vincularse.
Según explicó, la discusión no debe reducirse a si el celular es bueno o malo. Esa mirada queda corta. La pregunta de fondo es otra: cómo se usa, cuándo se usa, para qué se usa y quién acompaña ese uso, especialmente cuando se trata de niños y adolescentes.
“La pantalla hoy se ha vuelto un dispositivo de escucha y contención”, señaló Serrano Urdanibia. La frase resume una época. Muchos chicos encuentran en el celular un refugio inmediato frente al aburrimiento, la angustia o la falta de límites. También lo hacen los adultos, aunque cueste admitirlo.
El tiempo en pantalla, un dato que incomoda
Durante la exposición, distintos usuarios compartieron capturas de sus propios teléfonos. Los números mostraron consumos diarios de 58 minutos, 3 horas 16 minutos, 4 horas 38 minutos y registros con decenas de desbloqueos y notificaciones en apenas una jornada.
Una de las imágenes exhibidas marcaba 3 horas y 16 minutos de uso, de los cuales 2 horas y 30 minutos correspondían a redes sociales. Otra captura mostraba 58 minutos de pantalla, 37 desbloqueos y 73 notificaciones. En otro caso, el teléfono registraba 4 horas y 38 minutos de uso, 24 desbloqueos y 98 notificaciones.
El dato no es menor. El problema no está solamente en la cantidad de horas, sino en la interrupción constante. Cada desbloqueo implica una entrada al dispositivo. Cada notificación corta una actividad, una conversación, una lectura o un momento de descanso.
El celular no sólo ocupa tiempo: fragmenta la atención.
Y eso se nota. En las escuelas, en el trabajo, en la conversación cotidiana. Cuesta sostener una lectura larga, escuchar sin mirar la pantalla, esperar sin revisar mensajes o tolerar el silencio sin buscar estímulos.
Serrano Urdanibia propuso un ejercicio simple: revisar el apartado de “Bienestar digital y controles parentales” en Android o “Tiempo en pantalla” en iPhone. Allí aparece el consumo real del dispositivo, las aplicaciones más usadas, la cantidad de desbloqueos y las notificaciones recibidas.
Niños conectados antes de estar preparados
Las estadísticas compartidas durante la exposición muestran una tendencia contundente: el celular es el dispositivo dominante entre niños y adolescentes para acceder a Internet.
En una de las placas se observa que el 97% accede a Internet mediante celular, por encima del Smart TV, la computadora, la consola y la tablet. Otra imagen indica que el 95% de niñas, niños y adolescentes cuenta con celular propio con conexión a Internet.
El acceso crece con la edad: 86% entre los 9 y 11 años, 97% entre los 12 y 14, y 100% entre los 15 y 17 años. La diferencia por género es mínima: 94% en mujeres y 95% en varones. También atraviesa niveles socioeconómicos: 94% en sectores bajos, 97% en sectores medios y 94% en sectores altos.
Los números muestran algo claro y es que el celular ya no es excepcional. Es parte de la vida cotidiana de los chicos, aun cuando muchos todavía no tienen herramientas emocionales, cognitivas ni sociales para manejar todo lo que aparece detrás de una pantalla.
El acceso temprano a redes sociales, videos breves, juegos en línea y plataformas de interacción abre una puerta enorme. Puede haber aprendizaje, información y creatividad. Pero también hay exposición, ansiedad, comparación permanente, grooming, violencia digital, contenidos inadecuados y dependencia del estímulo inmediato.
La generación que nació dentro de Internet
Serrano Urdanibia marcó una diferencia generacional clave. La llamada generación Z creció con la tecnología en expansión. En cambio, la generación alfa nació directamente dentro del ecosistema digital.
Para muchos chicos, el primer educador no siempre es la familia ni la escuela. Muchas veces es YouTube, TikTok, Roblox, Free Fire o cualquier contenido que aparece en una pantalla antes de dormir, durante la comida o para calmar un berrinche.
Por eso ya no sorprende que algunos niños incorporen modismos extranjeros, hablen con tono neutro o utilicen expresiones propias de contenidos consumidos en redes. No es casualidad. Es aprendizaje por exposición.
El problema aparece cuando el celular se convierte en premio, calmante o niñera digital. Si un niño aprende que ante el llanto recibe una pantalla, el mecanismo queda instalado. No hace falta demasiada teoría; el sistema de recompensa funciona rápido.
Y los adultos también forman parte del problema. No sólo porque compran el dispositivo, sino porque muchas veces entregan un teléfono sin controles, sin horarios y sin conocer las plataformas que usan sus hijos.
No alcanza con decir “los chicos viven con el celular”. Alguien se los dio.
Redes sociales: el nuevo diario íntimo
Las redes sociales ocuparon un lugar que antes pertenecía al diario personal, a la conversación privada o al encuentro cara a cara. Hoy se publica casi todo: estados de ánimo, comidas, salidas, peleas, enfermedades, opiniones, fotos, filtros, viajes y hasta consultas íntimas.
Lo privado se volvió contenido.
Serrano Urdanibia recuperó una idea del antropólogo Marc Augé para describir esta época de sobremodernidad, consumo y vida paralela. Una persona puede tener su vida real, concreta, de carne y hueso, y al mismo tiempo una vida digital cuidadosamente construida.
Ese desdoblamiento no es inocente. La búsqueda de likes, comentarios y aprobación activa mecanismos de recompensa. Genera satisfacción momentánea, pero también dependencia. El reconocimiento ajeno empieza a pesar demasiado.
En adolescentes, esta dinámica puede impactar con más fuerza. La imagen corporal, la comparación, los filtros y la necesidad de mostrarse atractivo o aceptado pueden aumentar la inseguridad y la ansiedad social.
La pantalla ofrece una versión editada de la vida. El problema es cuando esa versión empieza a valer más que la vida misma.
TikTok, atención breve y consumo interminable
Uno de los puntos más sensibles es el funcionamiento de los algoritmos, en especial en plataformas como TikTok. El sistema aprende en segundos qué le interesa al usuario. No hace falta dar “me gusta”. A veces alcanza con detenerse apenas unos instantes en un video.
A partir de ahí, la aplicación ofrece más contenido similar. Corto, rápido, estimulante, fácil de consumir.
Ese formato modificó la paciencia digital. Un video de más de un minuto ya puede parecer largo. Muchos creadores dividen contenidos en varias partes para retener audiencia. La lógica es captar rápido, sostener poco, pasar al siguiente estímulo.
El resultado se empieza a ver fuera de la pantalla. Menor tolerancia a la espera, dificultad para sostener la atención y necesidad constante de novedad.
No se trata de culpar a una sola aplicación. Pero sí de entender que las plataformas están diseñadas para retener al usuario el mayor tiempo posible.
Inteligencia artificial: ayuda, pero no reemplazo
La inteligencia artificial también entró en la vida diaria. Está en aplicaciones de mensajería, redes sociales, buscadores, herramientas de estudio y plataformas que ofrecen respuestas rápidas para casi cualquier tema.
En salud mental, algunas personas la utilizan para ordenar pensamientos, pedir consejos o atravesar momentos de angustia. Puede servir como apoyo inicial, especialmente cuando alguien necesita orientación inmediata.
Pero hay un límite que no conviene borrar. “La inteligencia artificial puede dar recomendaciones generales, pero no reemplaza la singularidad del vínculo terapéutico”, sostuvo Serrano Urdanibia.
La terapia no se reduce a una respuesta escrita. Hay gestos, silencios, tono de voz, postura corporal, historia personal, contexto familiar y evaluación clínica. Un profesional observa, escucha y acompaña desde una relación humana. La IA puede orientar, pero no diagnosticar ni contener como un terapeuta.
Mucho menos en situaciones de riesgo.
El cuerpo también paga el precio
El uso excesivo de pantallas no sólo impacta en la atención o el estado de ánimo. También puede afectar el descanso, la vista, la postura y el movimiento.
El sedentarismo digital es físico y mental. Pasar horas frente al celular implica menos actividad, menos contacto visual, menos conversación directa y más tiempo con la cabeza inclinada hacia abajo.
La alteración del sueño es otro punto crítico. En talleres con estudiantes, Serrano Urdanibia relató que algunos adolescentes reconocieron haber pasado un día entero despiertos con el celular y dormir apenas dos horas. Esa escena debería encender alarmas en cualquier hogar.
Dormir mal no es un detalle. Afecta el rendimiento escolar, el humor, la memoria, la concentración y la regulación emocional.
Control parental: la herramienta que muchos adultos no usan
Los teléfonos ofrecen herramientas de control parental, límites de tiempo, bloqueo de aplicaciones, reportes de uso y restricciones de contenido. Sin embargo, muchos adultos no las conocen o no las utilizan.
Ahí aparece una responsabilidad real.
No se puede pedir a un niño que se autorregule frente a plataformas diseñadas para capturar su atención. El acompañamiento adulto es indispensable.
Esto implica revisar horarios, hablar sobre riesgos, conocer las aplicaciones, limitar el uso nocturno, evitar pantallas durante las comidas y establecer reglas claras. También exige algo más difícil: que los propios adultos revisen su consumo.
Porque ningún límite será creíble si el adulto exige dejar el celular mientras responde mensajes, mira redes o desbloquea el teléfono cada dos minutos.
Grooming y violencia digital: el riesgo que no siempre se ve
El acceso temprano a redes también expone a niños y adolescentes a situaciones graves. Entre ellas, el grooming: adultos que se hacen pasar por menores para ganar confianza, manipular y obtener contenido íntimo o contacto con chicos.
Serrano Urdanibia advirtió que muchos adultos se enteran tarde. Cuando descubren lo que ocurre, el daño ya está hecho.
Por eso la prevención no puede limitarse a una charla ocasional. Debe formar parte de la educación familiar y escolar. Hablar de privacidad, consentimiento, fotos, contactos desconocidos y límites digitales no es exagerar. Es cuidar.
La violencia digital también incluye hostigamiento, difusión de imágenes, burlas, amenazas, perfiles falsos y exposición pública. Para un adolescente, ese daño puede tener graves consecuencias.
La escuela, entre la prohibición y la adaptación
El uso del celular en las aulas ya es motivo de debate en todo el país. Algunas instituciones optan por restringirlo, otras permiten su uso sólo con autorización docente y muchas buscan mecanismos intermedios.
La discusión no es sencilla. El celular puede ser una herramienta educativa, pero también una fuente permanente de distracción. La clave está en el criterio pedagógico, no en la improvisación.
Si el dispositivo entra al aula, debe tener una finalidad clara. Si no la tiene, interrumpe más de lo que aporta.
La escuela no puede competir con TikTok en velocidad ni con las redes en estímulo. Pero sí puede recuperar algo que hoy vale oro: atención, lectura, pensamiento crítico y conversación.
No demonizar, pero tampoco negar
La tecnología trajo avances enormes. En salud, educación, comunicación, accesibilidad y trabajo, sus aportes son indiscutibles. Negarlo sería absurdo.
Pero tampoco se puede mirar para otro lado frente a sus efectos negativos.
El celular sirve. Las redes conectan. La inteligencia artificial ayuda. Pero cuando todo eso empieza a reemplazar el descanso, el juego, la charla, el estudio, el vínculo real o la capacidad de estar en silencio, el costo se vuelve demasiado alto.
La salida no está en el miedo ni en la prohibición automática. Está en la educación digital, el control adulto, los límites razonables y la recuperación de hábitos básicos.
Comer sin pantalla. Dormir sin celular al lado. Estudiar sin notificaciones. Conversar mirando a la cara. Salir sin registrar cada minuto. Revisar el tiempo de uso. Aprender a apagar.
Parece poco, pero hoy es casi revolucionario.
Una pregunta necesaria
La editorial deja una pregunta abierta, incómoda y urgente: cuánto de nuestra vida diaria está siendo administrada por una pantalla.
Los datos están a la vista. Horas de uso, desbloqueos, notificaciones, niños con celular propio, adolescentes conectados a tiempo completo y adultos que tampoco logran despegarse del dispositivo.
El problema ya no es si el celular llegó para quedarse. Eso está claro. El verdadero desafío es evitar que ocupe el lugar de la familia, la escuela, el descanso, el pensamiento y la conversación.
Porque una sociedad hiperconectada también puede estar profundamente distraída. Y una generación que aprende a mirar el mundo desde una pantalla necesita, más que nunca, adultos presentes del otro lado.
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