A 52 años del crimen de Carlos Mugica, el recuerdo de un sacerdote que incomodó al poder

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A 52 años de su asesinato, volvió el recuerdo del padre Carlos Mugica, el sacerdote vinculado al trabajo en las villas que terminó perseguido y asesinado por la Triple A, ligada al poder político de la época.


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Este 11 de mayo se cumplieron 52 años del asesinato del padre Carlos Mugica, una de las figuras más emblemáticas de la Iglesia vinculada al trabajo social en las villas de emergencia y a la militancia por los sectores más postergados de la Argentina. Su muerte, ocurrida en 1974, continúa siendo uno de los episodios más oscuros de la historia política y social del país, no solo por el crimen en sí, sino por el contexto en el que ocurrió: en plena democracia y bajo un gobierno al que el propio sacerdote había acompañado políticamente.

En Metán, la fecha es recordada por integrantes de la comunidad pasionista de barrio El Jardín, donde funciona la Casa Padre Mugica. Allí también se preserva una reliquia vinculada al sacerdote asesinado y, desde hace algunos años, un pasaje de barrio Las Delicias lleva su nombre.

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Gustavo Ortiz, referente de la casa y uno de los impulsores de ese reconocimiento local, dialogó sobre el legado que dejó Mugica y el significado que conserva su figura más de medio siglo después de su muerte.

“Nosotros hacemos memoria del padre Carlos en nuestra casa de barrio El Jardín. También hay un pasaje que lleva su nombre en Las Delicias. Tratamos de mantener vivo su mensaje y su trabajo con los más humildes”, expresó.

Mugica fue ordenado sacerdote antes del Concilio Vaticano II, en una Iglesia muy distinta a la que luego intentó construir desde el compromiso territorial y el trabajo comunitario. Su tarea pastoral estuvo profundamente ligada a la Villa 31 de Buenos Aires, donde convivió con familias humildes y desarrolló gran parte de su misión.

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Ortiz recordó una de las frases más conocidas sobre su figura, mencionada incluso en la canción La Memoria, de León Gieco: “Suplicio de Mugica por las villas”. Para quienes compartieron o estudiaron su historia, el sacerdote representó una forma distinta de entender el Evangelio.

“Él interpretó que el mensaje de Jesús estaba junto a los pobres. Y fue hacia ellos. Se metió en las villas, trabajó ahí y eligió quedarse”, sostuvo.

El asesinato ocurrió el 11 de mayo de 1974, cuando Mugica salía de celebrar misa en una iglesia de Villa Luro. Fue atacado a balazos y murió horas después en el Hospital de Clínicas. La investigación histórica vinculó el crimen con la Triple A, la organización parapolicial que operó durante los últimos años del gobierno peronista y que persiguió a dirigentes políticos, militantes sociales, intelectuales y religiosos considerados incómodos.

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“Fueron años muy difíciles para la Argentina. Había persecución para quienes pensaban distinto o trabajaban cerca de la gente más humilde. El padre Carlos terminó siendo incluido en esas listas negras”, recordó Ortiz.

La contradicción histórica sigue siendo uno de los aspectos más discutidos alrededor de su figura: Mugica acompañó el regreso de Juan Domingo Perón al país y tuvo participación política dentro del peronismo, aunque terminó perseguido por sectores ligados al propio poder de entonces.

Consultado sobre ese proceso, Ortiz evitó profundizar en disputas partidarias, aunque reconoció que se trató de “errores de la historia”.

“La Triple A fue algo muy lamentable. Nunca más tendría que pasar algo así. Mugica no estaba a favor de la violencia; él hablaba de paz, de inclusión y de estar cerca de la gente”, afirmó.

Además de sacerdote, Mugica escribió reflexiones, poemas y textos que aún hoy circulan en ámbitos religiosos y sociales. Uno de los más recordados es Meditación en la villa, donde dejó una frase que con el tiempo se convirtió en síntesis de su compromiso: “Yo puedo irme, ellos no”.

Para muchos creyentes, su muerte fue la de un mártir. Para otros, la de un hombre incómodo en una época atravesada por enfrentamientos políticos, persecuciones y violencia. Su figura, de cualquier modo, logró sobrevivir al paso del tiempo y mantenerse presente en distintos espacios sociales, religiosos y populares.

Estoy dispuesto a morir, pero no matar

En Metán, el homenaje se desarrolla de manera sencilla. Durante toda la jornada, vecinos y miembros de la comunidad pasionista encienden velas en la Casa Padre Mugica, donde conservan un pequeño fragmento de tela con sangre de la camisa que el sacerdote llevaba el día del atentado.

“No hacemos un acto grande. Lo recordamos desde el silencio, la oración y la memoria”, señala Ortiz.

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