La Promoción 1976 del Colegio José Manuel Estrada celebró sus 50 años con un reencuentro cargado de memoria y afecto. Entre anécdotas, homenajes y emociones a flor de piel, los exalumnos volvieron a caminar los pasillos que marcaron su vida y recordaron a los compañeros y docentes que ya no están.
Medio siglo puede pasar rápido o lento, según quién lo cuente. Para la Promoción 1976 del Colegio José Manuel Estrada, pasaron 50 años en los que la vida se encargó de dispersarlos, desafiarlos y, aun así, mantenerlos unidos. El reencuentro de este lunes lo dejó a la vista; la memoria no envejece cuando está hecha de afectos reales.
Entre abrazos, bromas rescatadas del tiempo y silencios que decían más que las palabras, Pocho Gramajo fue uno de los primeros en poner en voz alta lo que todos sentían: “Sí, los que quedamos… y los que no están, están en nuestro corazón”, dijo con emoción visible. Volver al colegio fue para ellos un ejercicio de memoria y de agradecimiento. “Recordamos a cada profesor que tuvimos, los que nos formaron para ser buenas personas, junto al acompañamiento de nuestros padres. Uno se siente orgulloso de eso”, señaló.
Gramajo no esquivó lo personal. “Mi ex señora también era compañera nuestra. Hoy no está, pero está presente”, expresó, con lágrimas que no necesitaban explicación. Para él, la enseñanza que buscó dejarles a los más jóvenes fue directa: “Esta es la mejor etapa de la vida. A veces no nos damos cuenta”.
El reencuentro de los personajes de siempre
La recorrida improvisada por los antiguos alumnos aportó escenas que parecían calcadas de los recreos de los setenta.
Jorge Corrales fue presentado como “el animador del colegio”. “Contaba cuentos y hacía pasar la hora más rápido”, bromeó Gramajo. Corrales respondió con la misma chispa de entonces: “Es lindo reencontrarnos. Siempre mantuvimos contacto. Es como si nunca hubiésemos dejado de estar presentes”.
Después apareció Oscarcito, recordado entre risas como “el traidor”, porque era el encargado de abastecer de gaseosas a los compañeros en cada encuentro. “Antes había respeto”, comentó, devolviendo el clima juvenil que todos evocaban. Contó que varios no pudieron asistir por vivir fuera de Metán, aunque los encuentros entre ellos siguen siendo frecuentes.
El turno siguiente fue para el doctor Manuel Rojas, “el profesor” según Gramajo, porque en aquellos años le enseñó a recitar. “Es un placer volver a ver a mis amigos de tantos años. Compartimos travesuras, aprendizaje. Ahora vivo en Jujuy, ya soy jujeño por adopción”, comentó entre sonrisas.
José Maidana, señalado con humor por Gramajo como “el que siempre pedía copiar”, aportó una reflexión más profunda: “Hoy se vive otra realidad. Nosotros hacíamos juegos de niños siendo jóvenes. Era una desesperación por ir a clase. No perdíamos el tiempo. Algunos llegaban con la guitarra, otros hacían un recital para el profesor. Y no quería dejar pasar un reconocimiento a los profesores que marcaron profundamente nuestra vida”.
La nostalgia también tiene humor
El desfile siguió con Carlitos Spiess, a quien Gramajo presentó como “el pituco de flequillo perfecto”. La broma despertó carcajadas, y Spiess contó que la convocatoria fue un trabajo conjunto con otros compañeros, entre ellos Carlos Zárate, el impulsor del grupo que permitió reunirlos medio siglo después. “Este es el primer día de los 50 años de nuestro egreso. El UPD de los 50”, dijo, como si aún estuvieran en el aula.
La mención a quienes ya no están cerró uno de los pasajes más emotivos. Gramajo invitó a recordar, en particular, a Benita, una compañera fallecida. Su hija, Romina Barboza, abogada y concejal, tomó la palabra: “Los conozco desde siempre. Mi mamá me transmitió la amistad genuina que vivieron. Para mí es un orgullo que ellos sigan presentes. Siempre enviaban mensajes, siempre estaban. Es ese valor el que debemos transmitir: la amistad, la solidaridad, la empatía. En la escuela están nuestros amigos, nuestra familia. La familia que uno elige”, dijo con la voz quebrada.
Un cierre que fue un principio
La Promo 76 celebró sus 50 años sin solemnidades innecesarias. Lo hizo con lo que realmente los definió; amistad, memoria y pertenencia. No hubo discursos ostentoso, sino historias vivas que atravesaron cinco décadas.
Cada anécdota, cada nombre recordado y cada compañero ausente fue parte de un encuentro que reafirmó algo verdadero; cuando la escuela forma lazos verdaderos, el tiempo no los rompe.
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