“El dolor no terminó nunca: sigue siendo infinito”, dijo Ibarra

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En el marco del 24 de marzo, Darío Ibarra repasó en Spacio TV testimonios, experiencias y definiciones que vuelven a poner en discusión cómo se construye la memoria sobre la última dictadura. Desde Metán hacia el país, una mirada que incorpora relatos, contexto histórico y debates que siguen vigentes.


“El dolor no terminó nunca: sigue siendo infinito”, dijo Ibarra

Cada 24 de marzo la Argentina vuelve sobre su propia historia. No se trata sólo de una fecha en el calendario ni de una consigna repetida en actos oficiales: es, todavía, un terreno en discusión. Qué se recuerda, qué se deja afuera y desde qué lugar se cuenta sigue siendo parte del debate público.

Durante años, especialmente en ciudades del interior, el foco estuvo puesto en la condición de víctimas de los desaparecidos; cómo fueron perseguidos, secuestrados o asesinados, y el dolor que dejaron en sus familias. Mucho menos se habló de quiénes eran, qué pensaban, qué hacían y qué lugar ocupaban en una sociedad atravesada por tensiones políticas, sociales y económicas.

En ese mismo plano reaparece una discusión que cada tanto vuelve a instalarse; la de las cifras y la verdad histórica. El informe de la CONADEP documentó 8.961 casos, pero ese número nunca fue presentado como definitivo. Fue el resultado de testimonios y documentación que pudo recuperarse en medio de un aparato represivo que actuó en la clandestinidad y que, además, destruyó pruebas de manera sistemática. A eso se suma lo que no puede contabilizarse con facilidad, hijos, nietos y familias enteras atravesadas por la desaparición.

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Sobre ese escenario se inscribe la mirada de Darío Ibarra, quien en una extensa entrevista en Spacio TV abordó no sólo lo ocurrido en Metán, sino también las formas en que la memoria se fue construyendo con el paso de los años.

Ibarra tomó contacto con familiares y sobrevivientes a partir de su participación en los juicios de la megacausa Metán. Ese recorrido lo llevó a distintas provincias y a historias que, más allá de las distancias, comparten una misma marca. “Fue un año muy movido: Tucumán, Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires. Ahí encontrás sobrevivientes, pero también familiares que han sido perseguidos”, explicó.

En ese camino, sostuvo que la represión no se limitó a quienes eran considerados militantes. También alcanzó a quienes los rodeaban. Recordó, en ese sentido, que las primeras madres que salieron a buscar a sus hijos también fueron víctimas. “Muchas desaparecieron. Las que después conocimos sobrevivieron, pero no todas”, señaló. Para Ibarra, ese dato no es menor; forma parte de una dimensión de la historia que muchas veces queda relegada o simplificada.

Uno de los puntos más sensibles de su planteo fue el rol de la Iglesia. En el plano local, indicó que existen relatos —aunque no siempre documentación— de personas que acudieron a pedir ayuda. “La Iglesia contuvo, pero no dio respuesta”, afirmó. Pero su mirada no se detuvo ahí.

Según expresó, en el funcionamiento del aparato represivo hubo también un componente que excedía lo estrictamente militar. “Había curas que estaban, incluso, en situaciones vinculadas a las torturas”, sostuvo. Y avanzó sobre una idea que, según dijo, no suele abordarse con frecuencia; el rol de contención hacia los propios represores.

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“Fue una pata fundamental, que no se menciona mucho, pero servía para sostener la psiquis del represor”, explicó. En esa línea, describió una escena que, según su planteo, ayuda a entender esa dimensión: personas que ejercían violencia extrema durante el día y luego regresaban a su vida cotidiana, a su familia, a su casa. “Eso genera una disociación que necesita algún tipo de sostén”, señaló.

En ese contexto, sostuvo que existía una validación moral de esas prácticas. “Había quienes les decían que lo que estaban haciendo estaba bien, que era una obra, que eran soldados de Dios”, afirmó. Y agregó: “No cambian las formas, cambian los nombres, pero la lógica es la misma”. Para Ibarra, esa estructura de respaldo fue parte del engranaje, motivo por el cual insistió en la caracterización de un golpe “cívico, militar y eclesiástico”.

Más allá de las discusiones sobre responsabilidades, el eje que atraviesa toda su exposición es el impacto en las familias. A cincuenta años de los hechos, señaló que cambió la forma en que se habla del pasado. “Hoy no hablan con miedo, hablan con congoja”, dijo. El tiempo no cerró las heridas, apenas modificó su expresión.

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“Las familias son familias. Muchas no eran militantes y hasta tenían contradicciones con sus propios hijos, pero el dolor es el mismo: la ausencia”, sostuvo. En su experiencia, al entrevistar a familiares en distintas provincias, encontró una constante: el costado político quedaba en segundo plano frente a la pérdida. “El dolor es interminable”, resumió.

En ese punto, se detuvo en la figura del desaparecido como una condición que impide cerrar el duelo. “Es una tortura infinita. No hay cuerpo, no hay despedida”, explicó. A eso sumó otro elemento: durante años, muchas familias convivieron con versiones falsas que alimentaban la esperanza. “Se decía que se habían ido, que estaban en otro lado. Imaginate esperar que alguien abra la puerta después de décadas”, señaló.

La memoria también se construye a partir de relatos que sobreviven en lo cotidiano. Durante la entrevista, mensajes de televidentes aportaron escenas que siguen presentes en la historia local. Uno de ellos reconstruyó un episodio en pleno centro de Metán, donde una niña fue llevada por su abuelo a ver el lugar donde habían asesinado a un joven. Décadas después, esa imagen sigue intacta.

Ibarra vinculó ese hecho con el caso de Toledo, a quien describió no sólo por sus ideas, sino por sus acciones. “Iban a alfabetizar, juntaban comida, llevaban abrigo. No era sólo lo que pensaban, sino lo que hacían”, destacó.

 

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También confirmó un atentado con explosivos que, según explicó, tuvo un objetivo equivocado: la bomba estaba destinada a Luis Eduardo Rizo Patrón, quien residía en el barrio Doc Banc, pero fue colocada en otra vivienda, donde finalmente detonó. El episodio forma parte de los relatos transmitidos en la ciudad y que aún hoy circulan en la memoria colectiva.

En su análisis más amplio, Ibarra planteó que la violencia política en Argentina no puede entenderse como un hecho aislado. La ubicó en un proceso que, según su lectura, comienza antes del golpe de 1976. “La violencia hacia el pueblo empieza en 1955”, sostuvo, en referencia al bombardeo de Plaza de Mayo.

A partir de allí, reconstruyó el escenario de los años setenta: el regreso de Perón, las divisiones internas, la aparición de la Triple A y el Operativo Independencia en Tucumán, al que definió como una instancia previa en la que se ensayaron prácticas que luego se profundizarían.

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También sostuvo que, para el momento del golpe, las organizaciones armadas ya estaban debilitadas. “No se puede hablar de guerra después del 76”, afirmó.

En ese contexto, también apuntó al rol de sectores económicos y a la dimensión internacional del proceso, vinculándolo con el Plan Cóndor. “Los que gobiernan son figuras visibles, pero detrás hay intereses que sostienen el poder”, señaló.

La entrevista no estuvo exenta de tensiones. Algunos mensajes cuestionaron su mirada o señalaron que no vivió la época. Ibarra respondió que el conocimiento histórico no depende de la experiencia directa. “Nadie vivió la época de San Martín y sin embargo la estudiamos”, planteó.

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Al mismo tiempo, marcó un límite; no todas las opiniones pueden ser consideradas válidas si implican justificar prácticas extremas. En ese punto, rechazó de manera categórica cualquier intento de relativizar el accionar represivo.

Hacia el final, definió los años previos al golpe como un intento de transformación social que no prosperó. “Fracasó, incluso antes del golpe”, sostuvo, aunque consideró que dejó marcas que no deberían ser omitidas.

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También señaló que en democracia hubo aspectos que quedaron relegados. “Se ocultaron cosas, se dejaron historias afuera”, afirmó.

El 24 de marzo, en ese marco, no aparece como una fecha cerrada, sino como un punto de revisión permanente. Entre testimonios, documentos y discusiones que siguen abiertas, la memoria continúa siendo un terreno en disputa. Y, en esa disputa, también se define qué se cuenta y qué queda, todavía, pendiente.

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