Con más de cien años de historia, la Biblioteca mantiene abiertas sus puertas como un espacio de lectura, memoria y encuentro cultural en la ciudad. Entre ejemplares antiguos, autores locales y el trabajo silencioso de quienes la sostienen, sigue siendo un verdadero patrimonio comunitario.
En una época atravesada por la velocidad, las pantallas y la inmediatez, todavía existen sitios donde el tiempo parece detenerse. En la ciudad de San José de Metán, la Biblioteca Marco Avellaneda conserva ese espíritu sereno de otros tiempos y se mantiene como uno de los espacios culturales más valiosos de la comunidad.
En el marco del Día Internacional del Libro, la institución volvió a abrir sus puertas como cada jornada, custodiada por quien desde hace tres décadas sostiene buena parte de su funcionamiento cotidiano; la profesora Bety Romano, referente histórica del lugar y conocedora de cada estante, cada ejemplar y cada rincón de una biblioteca con más de cien años de trayectoria.
Romano recordó que la fecha conmemora a grandes nombres universales de la literatura, entre ellos William Shakespeare, y consideró que la celebración también invita a mirar hacia los espacios locales donde los libros siguen teniendo vida propia.
Según relató, los orígenes de la biblioteca se remontan a un movimiento vecinal encabezado por Amalia —una de las impulsoras iniciales—, quien convocó a habitantes de la zona para fundar un ámbito de encuentro, conversación y acceso a la lectura, en tiempos en que esos espacios eran escasos y profundamente necesarios.
Lejos de convertirse en una pieza de museo, la Biblioteca Marco Avellaneda continúa creciendo. Sus anaqueles reúnen literatura clásica y contemporánea, pero también textos vinculados con medicina, física, matemáticas, historia, pedagogía y múltiples disciplinas que acompañan la formación educativa de generaciones enteras.
Romano explicó que llegó hace aproximadamente treinta años, luego del fallecimiento de Norma de Aranda, quien se encontraba al frente de la institución. Desde entonces colaboró en la recuperación y reorganización del material junto a otras mujeres ligadas a la historia del lugar.
También destacó la enseñanza recibida de Marcela Cermesoni de Palacios, recordada como la única bibliotecaria diplomada en la Universidad de La Plata vinculada a la entidad. Gracias a esa formación, incorporó conocimientos técnicos para clasificar, catalogar e inventariar el valioso fondo bibliográfico.
Entre los tesoros que guarda la biblioteca hay ejemplares literarios con más de un siglo de antigüedad, muchos de ellos llegados mediante donaciones particulares. Además, existe un sector especialmente destinado a la literatura infantil y juvenil, con obras de distintas épocas.
Uno de los espacios más valorados es el dedicado a los autores locales. Allí se reúnen publicaciones de escritores metanenses y salteños, con el objetivo de preservar la producción intelectual de la región y rescatar documentos escritos por ciudadanos de la zona.
Una casa con alma propia
Parte del encanto del edificio también reside en su arquitectura. Los ambientes conservan paredes de barro y mobiliario de madera de cedro, elaborado por carpinteros de otra época con materiales provenientes de los cerros cercanos.
Romano señaló que quienes ingresan suelen sorprenderse por la calma del lugar. La biblioteca, sostuvo, despierta recuerdos de la infancia, de los años escolares y de antiguas lecturas que marcaron distintas etapas de la vida.
La institución funciona gracias al compromiso de usuarios y vecinos. Quienes desean llevar libros a domicilio pueden realizar un aporte voluntario, fondos que se destinan al sostenimiento diario y a la compra ocasional de nuevos ejemplares.
También se reciben artículos de limpieza, materiales y colaboración para ampliar estanterías, tarea en la que actualmente colabora Francisco Sinner, usuario habitual del espacio.
La Biblioteca Marco Avellaneda está ubicada sobre calle José Ignacio Sierra 951-953, frente a la plaza, en San José de Metán. La atención se realiza, en líneas generales, de lunes a viernes por la mañana entre las 9.30 y las 11, y por la tarde entre las 17.15 y las 18.30.
En tiempos donde todo parece descartable, ese viejo edificio de barro y libros centenarios sigue ofreciendo algo cada vez más escaso; silencio, memoria y permanencia.
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