Cada fin de año, el ruido de la pirotecnia deja al descubierto una realidad que muchos prefieren no ver. Detrás de las celebraciones, hay familias para las que la fiesta se transforma en angustia y encierro, y un pedido que se repite: festejar con conciencia.
Cada diciembre trae consigo un ritual que se repite; luces, mesas largas, brindis y celebraciones que buscan marcar el cierre de un año y la esperanza de uno nuevo. Sin embargo, detrás del estruendo de la pirotecnia sonora existe una realidad que rara vez ocupa el centro de la escena. Una realidad silenciosa, encerrada puertas adentro, que duele y que no se ve. Cuando el ruido se impone, hay familias para las que la fiesta deja de serlo.
Las cámaras de Spacio TV salieron a la calle para mostrar esa otra cara de las celebraciones. No desde la consigna ni desde el señalamiento fácil, sino desde el testimonio crudo de quienes conviven, año tras año, con el impacto real del ruido. De allí surge una consigna que no es nueva, pero que aún cuesta asumir: más luces, menos ruido.
Romina Cabeza es mamá de Franco, un joven de 25 años con discapacidad psicomotriz y trastorno del espectro autista, diagnosticado en la adolescencia. Para ella, la llegada de las fiestas no representa alegría ni descanso. “Cuando llegan las fiestas, para mí no es fiesta. No se disfruta”, explicó. Su relato describe una rutina que se activa horas antes de la medianoche; medicación preventiva, auriculares para aislar el sonido, vigilancia constante de cada gesto y cada reacción.
El problema, cuenta, es auditivo. Los impactos sonoros fuertes generan crisis que pueden agravarse si no se actúa a tiempo. Romina aprendió a leer los signos; el movimiento acelerado de las manos, la tensión en el cuerpo, la mirada vidriosa, los ojos llenos de lágrimas. “Cuando el golpeteo es fuerte, ya está extremadamente tenso. Ahí puede derivar una crisis. Incluso puede llegar a convulsionar”, relató con la naturalidad de quien se acostumbró a vivir en estado de alerta.
Franco es conocido en el barrio, en el canal, en la calle. Saluda, tiene amigos, espera la Navidad. Pero la empatía, puertas afuera, no siempre acompaña. “Cero empatía”, resumió Romina al referirse a algunos vecinos. No se trata solo del ruido generalizado; en más de una oportunidad, arrojaron pirotecnia sonora dentro del portón de su casa, donde también hay un perro. “Eso es lo que más duele. Que ya esté terminando 2025 y esto siga pasando”, dijo.
Ante esa falta de consideración, muchas veces la única opción fue el encierro. Hacer dormir a Franco temprano para evitar el sufrimiento, resignar la medianoche, apagar las luces antes de tiempo. El año pasado, contó, fue una de las pocas veces que logró atravesar las doce despierto. “Sé que hay casos peores, mucho peores, y duele el alma. Se viralizan videos, se habla del tema, pero la falta de empatía sigue igual”.
Romina mantiene contacto con otras madres en situaciones similares. Los relatos se repiten; angustia, miedo, impotencia. No se trata solo de fuegos artificiales. “A Franco le afectan hasta los decibeles de voz. Imaginate lo que es un impacto sonoro”, explicó. Desde esa experiencia, reclama controles más firmes, especialmente en los barrios y en los pequeños comercios, y sanciones que realmente disuadan la venta de pirotecnia sonora.
A pesar de todo, la esperanza no se pierde. Franco espera la Navidad. Espera a Papá Noel. “Él tiene 25 años, pero dice que tiene seis. Espera como cualquier otro niño. Yo solo quiero que sea tranquilo, sin ver esa mirada triste, porque eso te hace un nudo en la garganta”, expresó Romina emocionada.
Antes de despedirse, dejó un mensaje que no apela al reproche, sino a la conciencia. “Pónganse en el lugar del otro. Den gracias a Dios si tienen un hijo sano. ¿De qué vale una mesa grande, un arbolito grande, si no hay empatía con un niño o un joven con autismo? ¿Dónde está el espíritu navideño?”, se preguntó.
La respuesta empieza por entender que el ruido también lastima. Que la celebración no debería construirse sobre el padecimiento ajeno. Y que, en una comunidad que se reconoce solidaria, la empatía sigue siendo una deuda pendiente.
Más luces. Menos ruido. No como consigna de ocasión, sino como una forma real de entender que la fiesta, para ser verdadera, debe incluir a todos.
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