Desde un pasado marcado por la adicción, la violencia y dos intentos de suicidio, Franco Naranjo logró dar un giro completo a su vida y hoy es campeón santacruceño, campeón internacional y una de las proyecciones más firmes del boxeo patagónico. Su historia, contada tal como la vivió, derriba el prejuicio de que no hay retorno posible para quienes caen en el consumo.
En Metán, como en tantas ciudades del país, la problemática del consumo avanza silenciosa y llena de daños. Y con ella se instaló una frase repetida, casi automática: “Estos chicos no tienen solución”. Esa sentencia —dura, injusta, deshumanizante— se transforma en condena para muchas familias.
La vida de Franco Naranjo demuestra lo contrario. No por milagros, sino por lucha, acompañamiento y un trabajo interior que él mismo describe como “pelear contra la cabeza todos los días”.
Franco empezó a consumir a los 14 años. Primero marihuana y alcohol. Después, cuando eso dejó de alcanzarle, buscó sustancias “más fuertes”. Llegó la cocaína. Luego, la pasta base.
Y ahí, según él, se quebró todo.
—“Perdí lo que era. Mi esencia. Ya no era persona. Estaba muy violento, muy adicto. Llegué a sacarle cosas a mi familia para consumir. Todo Metán sabe cómo fui y lo horrible que era ese camino.”
El consumo avanzaba como un derrumbe; agresiones, violencia en su casa, días sin rumbo, noches sin descanso. En ese contexto, escuchaba lo mismo que escuchan tantas familias:
“Córranlo. Ya no sirve”.
Sus padres no lo hicieron.
Siguieron ahí.
Aguantaron golpes, destrozos, miedo y vergüenza. Sostuvieron lo que quedaba de él cuando él ya no podía sostenerse solo.
—“Mis viejos estuvieron al pie del cañón. Se bancaron todo. Gracias a ellos estoy vivo”.
La adicción lo empujó a extremos peligrosos, incluso a dos intentos de suicidio.
—“Yo estaba tan perdido que pensé en terminar con todo. Dos veces. Pero Dios me dejó vivo”.
Esa frase resume el nivel de desesperación que atravesó.
La recuperación fue lenta.
No hubo soluciones mágicas.
Hubo lucha, recaídas, lágrimas, enojo, culpa, y un camino que él mismo define como “una guerra diaria entre uno y la cabeza”.
—“Cuando dejás de consumir, te agarra desesperación. Necesitás sí o sí. Es una pelea constante”.
Pero aparecieron tres pilares:
su familia, que nunca le soltó la mano;
su fe, que él considera determinante;
y el boxeo, que terminó siendo un refugio y una estructura.
Ya viviendo en Las Heras, Santa Cruz, conoció a un entrenador que abrió una puerta inesperada; la disciplina del ring.
El entrenamiento le dio horario, rutina, cansancio físico y un tipo de paz que no conocía.
—“El boxeo es hermoso. Te exige tanto que después del entrenamiento lo único que querés es bañarte e irte a dormir.”
Sus compañeros sabían de dónde venía y lo acompañaron durante sus peores días.
—“Tenía buenos compañeros. Me hablaban cuando me veían mal”.
Paso a paso, recuperó su cuerpo, su cabeza y su voluntad.
La transición —según él— duró un año y medio.
Un año y medio de pelea diaria.
Hoy, Franco tiene 12 peleas:
10 ganadas, 1 empate, 1 perdida.
Dos por nocaut.
Es campeón santacruceño, campeón internacional, revelación y sigue construyendo carrera.
Viaja 300 kilómetros por semana para entrenar. No falta. No se permite retroceder.
Tiene tres peleas importantes por delante; una en Río Gallegos, otra en Buenos Aires y una tercera en Coyhaique, Chile, por un cinturón.
—“Jamás pensé en ser campeón. Venía de un camino horrible, feo. De estar al borde de la delincuencia. Para mí es muy loco cómo cambió todo”.
Su sueño pendiente es pelear en Metán.
Pero sabe que hoy no hay actividad de boxeo en su ciudad.
—“Me encantaría pelear en mi pueblo. Que mis hermanos y mis viejos me vean pelear allá”.
Cuando habla de otros jóvenes, su tono cambia.
Ya no habla de él. Habla de los que siguen atrapados.
—“No son personas malas. Están consumidos. Necesitan contención. Si los corrés, es peor. Hay chicos que se sienten solos y terminan mal. Algunos se suicidan. Yo lo pensé también. Pero se puede salir. Es difícil, pero se puede”.
Tiene familia y amigos perdidos en las drogas.
Quiere que escuchen su historia.
Quiere que no se rindan.
—“A mí me costó muchísimo. Pero se puede. Mi vida cambió. Ver a mis viejos en mis peleas… eso no tiene precio”.
Franco Naranjo no cuenta su vida para buscar aplausos.
La cuenta porque sabe que hay otros como él, ahora mismo, peleando contra su cabeza en una habitación cualquiera.
Su historia no es la de un héroe.
Es la de un sobreviviente.
La de un pibe que tocó el fondo, volvió, se sostuvo del único lugar donde quedaba apoyo y decidió pelear, arriba y abajo del ring.
Golpe a golpe.
Contra la adicción.
Contra el destino que parecía escrito.
Contra todo lo que quiso dejarlo sin vida.
Y ganó.
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