Cristian Palavecino trabaja desde los 10 años y conoce de cerca las carencias. Con recursos propios organizó un festejo en una escuela de Metán Viejo y compró zapatillas para tres alumnos de un paraje rural.
Cada vez que Cristian Palavecino vuelve a la escuela Wenceslao Saravia Toledo, en Metán Viejo, los chicos saben que es él antes de verlo. Reconocen el ruido del auto de su tío, que lo lleva hasta el lugar, y salen corriendo a recibirlo.
Las primeras visitas fueron para llevar golosinas. Después aparecieron los juguetes. Este año quiso hacer algo más y organizó un festejo por el Día del Niño. Preparó comida, llevó bebidas y compró un regalo para cada alumno. No se limitó a entregar las cosas; se quedó con ellos, compartió la jornada y también se sumó a los juegos.
Palavecino es trabajador y emprendedor. Lo que lleva a las escuelas lo compra con sus propios ingresos, sin campañas ni una organización que respalde sus iniciativas.
“Sale todo de mi bolsillo. Es un sacrificio mío”, explicó.
La jornada continuó lejos de Metán Viejo. Cristian había conocido la situación de tres alumnos que asisten a una escuela del paraje Paso del Durazno: dos niñas y un varón. Viajó hasta allí con un par de zapatillas para cada uno y sándwiches para compartir.
La reacción de los chicos fue inmediata. Uno de ellos miró el calzado y celebró que fuera de su color preferido. Para Cristian, aquella alegría tuvo un significado particular.
Durante su infancia también le faltaron zapatillas, juguetes y golosinas. Recuerda que asistía a los festejos por el Día del Niño con la esperanza de ganar algún premio. Muchas veces volvía a su casa sin nada.
“No quiero que otros chicos pasen por lo mismo que pasé yo. A veces andaba descalzo. También hubo gente que me ayudó y ahora quiero ayudarlos a ellos”, contó.
Empezó a trabajar a los 10 años. En tiempos de corsos ayudaba a un amigo a vender pochoclos y copos de azúcar. Más adelante comenzó a cortar el pasto y buscó distintas maneras de ganarse la vida. Con esos trabajos fue construyendo el emprendimiento que hoy le permite sostenerse y colaborar con otros.
Cristian no cuenta aquellas carencias para colocarse en el centro de la historia. Habla de ellas porque allí está la razón de lo que hace. No olvidó cómo se sentía esperar un regalo que no llegaba ni lo que representaba recibir ayuda en un momento difícil.
Su familia conoce y acompaña esta tarea. Su abuela María sigue cada visita con especial atención. “Está muy contenta conmigo. Dice que le faltan palabras”, relató.
A él también le cuesta hablar sin emocionarse cuando recuerda lo vivido. No tiene una organización ni un programa de asistencia. Decide qué puede hacer, reúne lo necesario y va hasta donde están los chicos.
Esta vez preparó una fiesta en Metán Viejo y llevó tres pares de zapatillas a Paso del Durazno. Detrás de cada entrega estuvo la historia de aquel niño que comenzó a trabajar a los 10 años y que, ya de adulto, eligió no olvidarse de quienes alguna vez lo ayudaron.
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