La tercera fototeca comunitaria de Metán volvió a poner en circulación imágenes del pasado que activan recuerdos y reconstruyen escenas de la vida cotidiana. El proyecto, impulsado por David Melián, reúne y preserva fotografías aportadas por vecinos, conformando un archivo colectivo que recupera la historia a través de retratos, lugares y momentos que marcaron a generaciones.
Las fotografías antiguas tienen una particularidad que ningún archivo escrito logra del todo: devuelven gestos, escenas y paisajes que parecían perdidos. Cada vez que una imagen del pasado vuelve a circular, aparecen nombres, recuerdos, anécdotas. Se activa una memoria colectiva que no siempre está en los libros, pero que permanece intacta en los álbumes familiares. En ese cruce entre lo privado y lo público se sostiene hoy la tercera fototeca comunitaria de Metán, un espacio digital que crece día a día y que se transformó en una verdadera reserva de la historia local.
El proyecto es impulsado y administrado por David Melián, quien desde hace años recibe, clasifica y digitaliza material fotográfico aportado por vecinos. La dinámica es simple y, a la vez, exige un alto grado de responsabilidad: las imágenes son prestadas, se digitalizan y luego regresan a manos de sus dueños. “Hay una confianza muy grande de la gente. No es solo escanear una foto; es resguardar parte de la vida de una familia”, explica.
No es la primera experiencia de este tipo. La actual fototeca es la tercera. La primera surgió alrededor de 2009, en los comienzos de Facebook, y llegó a reunir cerca de 22 mil imágenes. Con el paso del tiempo y la falta de actividad, esa página quedó inactiva y el archivo se perdió en los servidores de la red social. “Había álbumes completos… la construcción de la Iglesia del Milagro, actos, retratos, escenas de la vida cotidiana. Nunca se pudo recuperar”, recuerda Melián.
La segunda experiencia fue más acotada, impulsada desde un archivo familiar, y sirvió como base para esta tercera etapa, que hoy se desarrolla de manera sostenida. Esta vez, con una premisa; proteger el material, darle continuidad y construir un fondo documental que no dependa de los vaivenes de una plataforma.
La fototeca se nutre, en gran parte, de álbumes domésticos. Fotografías de fiestas, casamientos, escuelas, clubes, calles, comercios, paseos y edificios que ya no existen. También aparecen imágenes de instituciones, actividades deportivas, actos públicos y escenas que permiten reconstruir cómo era la ciudad en distintas décadas. Algunas llegan en buen estado; otras, en sobres amarillentos, con marcas del tiempo y químicos todavía activos. “Uno se da cuenta cuando una foto estuvo guardada muchos años. Hay olores, texturas. Eso también es parte del trabajo”, señala.
Entre las imágenes que más repercusión generan están las de espacios emblemáticos: el antiguo cine Radar, el balneario, la Plaza San Martín en sus distintas etapas, escuelas fácilmente reconocibles por sus fachadas, la pileta olímpica que funcionó en el predio del actual complejo deportivo. Cada publicación abre una cadena de comentarios: alguien identifica a una persona, otro precisa una fecha, otro aporta un dato que completa la escena.
Ese intercambio es, justamente, uno de los valores centrales del proyecto. La fototeca no funciona solo como un archivo, sino como un espacio de reconstrucción colectiva. Muchas imágenes son corregidas, fechadas o contextualizadas a partir de los aportes de quienes las ven. Otras veces, a partir de una foto, aparecen nuevas cajas de material guardadas durante décadas en alguna casa.
El resguardo del patrimonio fotográfico local no es una idea nueva. Existe una ordenanza municipal —la 2259, sancionada en noviembre de 2000— que establece la creación de una fototeca. El texto es anterior al desarrollo masivo de Internet y no contempla soportes digitales, pero fija un principio: las imágenes como bienes culturales que deben preservarse. La experiencia actual se inscribe, de hecho, en esa línea.
Con el paso del tiempo, la tercera fototeca se consolidó como una referencia. Hay vecinos que acercan material con la condición de que no se publique, solo para que quede preservado. Otros autorizan la difusión. El criterio es el respeto por las personas, cuidado del contenido y tratamiento responsable del archivo.
Detrás de cada fotografía hay una historia mínima; un cumpleaños, una obra en construcción, un equipo deportivo, una calle de tierra, una fila frente a un cine, un banco de plaza. Conjunto, forman algo mayor; una crónica visual de la vida cotidiana. Una historia hecha de fragmentos, que no se agota en los grandes acontecimientos, sino que se arma desde lo simple.
En tiempos donde las imágenes se producen por miles y se pierden con la misma velocidad, la fototeca comunitaria propone lo contrario… detenerse, mirar, guardar. Y volver a poner en circulación esas fotos que, sin proponérselo, terminaron convirtiéndose en documentos.
Porque, al final, cada imagen rescatada no solo habla del pasado. También interpela al presente; recuerda de dónde viene una comunidad y deja, para los que vengan, un rastro visible de lo que fue.
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