Desde hace más de un año y medio recorre el país en bicicleta. Llegó a Metán tras bajar desde el norte y sigue viaje, sin calendario ni certezas, pero con la idea de avanzar mientras el cuerpo y la cabeza respondan.
En la ruta no hay margen para la pose. O se pedalea o no se llega. Néstor lo sabe bien. Hace un año y medio que dejó atrás su punto de partida —salió desde Villazón y, antes, desde Buenos Aires— y desde entonces encadena kilómetros sin otra estructura que su propia resistencia.
Su paso por Metán fue breve, como casi todo en este tipo de viajes. Se detiene lo justo; una charla, un descanso, algún arreglo de urgencia en la bicicleta. Después sigue.
“No es solo físico, es mental. Hay días en los que el cuerpo dice basta, pero si no tenés agua o comida, la cabeza te empuja igual”, cuenta. No hay épica exagerada en su relato, más bien una lógica cruda; avanzar porque no queda otra.
Para sostenerse, se arregla con lo que va surgiendo: artesanías —pulseras, cadenitas—, changas en construcción o pintura y, como muchos viajeros, el voluntariado. A cambio de unas horas de trabajo consigue un lugar donde dormir y, a veces, algo de comida. “Dos o cuatro horas por día, depende del lugar. Es lo que te permite seguir”, resume.
No hay planificación rígida. Tampoco metas diarias de distancia. Néstor pedalea hasta donde puede o quiere. Si un sitio le resulta amable, se queda. Si no, sigue. La bicicleta, en ese punto, no es solo un medio de transporte: es una forma de administrar la libertad.
“Me ha pasado de encontrar un lugar solo, con agua y comida, y quedarme varios días. Eso en otro tipo de viaje es difícil”, dice. Y en esa frase aparece algo más que la travesía; una manera distinta de habitar el tiempo.
La logística es básica, pero no improvisada. Todo lo que lleva es necesario. Desde herramientas hasta parches. Las roturas son parte del recorrido. Cubiertas, cambios, transmisión porque el desgaste no perdona. De hecho, en su paso por la ciudad tuvo que resolver una micropinchadura con lo que tenía a mano. Incluso pidió un recipiente con agua para detectar la pérdida, un recurso elemental cuando el problema no se percibe al tacto.
En el mapa personal que va armando, también hay lugar para las comparaciones. No por competencia, sino por experiencia. “La gente de La Pampa, hasta ahora, es la más cálida que encontré”, señala. Salta —aclara— no se queda atrás, pero en su recorrido, ese punto quedó marcado.
El viaje sigue hacia el sur inmediato. Córdoba es el próximo destino, donde planea detenerse unos meses para pasar el invierno bajo un esquema de voluntariado. Después, si todo se acomoda, retomará rumbo al noreste, con la mirada puesta en Misiones.
Nada está cerrado. En realidad, esa es la única constante. En la ruta, los planes son siempre provisorios. Y en ese margen, Néstor avanza. Sin reloj, sin calendario, con lo justo. Pedaleando.
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