Daiana tiene tres hijos y trabaja como docente itinerante. Todos los días recorre la ruta 9/34 y hace dedo para poder regresar a su casa en Rosario de la Frontera.
Con la mochila al hombro, Daiana espera a un costado de la ruta nacional 9/34 que algún conductor se detenga y la acerque a Rosario de la Frontera. No es una situación excepcional ni un contratiempo de ese día. Es la manera que encontró para regresar a su casa después de dar clases.
La docente tiene 34 años, tres hijos y un cargo itinerante. Desde hace tres años viaja diariamente entre Rosario de la Frontera y San José de Metán. Spacio TV la encontró haciendo dedo y conversó con ella sobre una rutina marcada por las distancias, el costo del transporte y el riesgo de subir al vehículo de una persona desconocida.
“La verdad que sí, es de lunes a viernes”, respondió Daiana al ser consultada sobre la frecuencia de esos viajes.
Su cargo comprende un circuito integrado por las escuelas de El Durazno, Metán Viejo y Belgrano, donde trabaja con alumnos de nivel inicial y primario. En esta última institución, las salas de jardín funcionan actualmente en el nuevo Centro de Primera Infancia ubicado frente al Complejo Municipal.
Una jornada que comienza a las seis
Daiana se levanta temprano para llegar a horario. Sale de Rosario de la Frontera a las seis de la mañana y toma uno de los remises compartidos que unen ambas ciudades. Antes de las ocho ya debe estar en su lugar de trabajo.
La hora de regreso depende de la jornada escolar. Algunos días termina a las 11; otros, a las 11.30. Los martes sale cerca de las 12.40. Recién entonces se dirige hacia la ruta y espera que alguien la lleve.
“Ahí ya veo si tengo suerte”, resumió.
Hace tres años que se traslada de esta manera. Según contó, en general recibió ayuda de quienes circulan por la zona. Los camioneros suelen ser los que más se detienen, muchas veces porque tienen familiares docentes. También la llevaron maestros jubilados, policías y gendarmes.
Esa solidaridad, sin embargo, no elimina la incertidumbre que acompaña cada viaje.
“No es fácil hacer dedo. Subimos al vehículo de una persona desconocida y uno no sabe quién está arriba”, explicó.
Reconoció que atravesó algunas situaciones incómodas, aunque no dio mayores detalles. Durante la entrevista también recordó noticias sobre docentes que sufrieron accidentes o fueron víctimas de hechos graves mientras se trasladaban de esa forma.
El tiempo constituye otra dificultad. Con lluvia, niebla o poca visibilidad, permanecer al costado de la ruta deja de ser una alternativa segura.
“Cuando está feo, lamentablemente no puedo salir a hacer dedo. Si está lloviendo o está muy neblinado, es complicado porque no se ve”, señaló.
El costo de trabajar lejos de casa
La docente también se refirió a los cuestionamientos que suelen recibir quienes recurren a esta forma de traslado. Contó que algunas personas creen que hacen dedo solamente para evitar pagar el pasaje o porque no quieren destinar dinero al transporte.
“El sueldo docente es muy bajo y no nos alcanza. Tenemos familia, tenemos hijos. Trasladarnos de una localidad a otra, como me pasa a mí y a muchos profesores, representa mucho gasto”, sostuvo.
En su caso, el trabajo comienza varias horas antes de entrar al aula y no termina cuando sale de la escuela. A la preparación de las clases se suman el viaje entre ciudades, la espera en la ruta y la incertidumbre de no saber a qué hora podrá regresar.
En Rosario de la Frontera la esperan sus tres hijos. El mayor cursa la secundaria, otro está terminando la primaria y el más chico asiste al nivel inicial. Actualmente trabaja durante la mañana y puede dedicarles la tarde, aunque anteriormente tuvo cargos con horarios alternados y otros exclusivamente vespertinos.
“Es difícil ser mamá, trabajar y estar presente. Los más grandes entienden que mamá sale a trabajar, pero una trata de acompañarlos en todo lo que necesitan”, expresó.
La situación de Daiana expone una realidad que alcanza a numerosos docentes que aceptan cargos lejos de sus lugares de residencia: horas de viaje, una parte considerable del sueldo destinada al transporte y los riesgos de permanecer diariamente sobre una ruta.
Cuando termina de dar clases, Daiana vuelve a colocarse la mochila, camina hasta la 9/34 y espera. Si alguien se detiene, podrá regresar a su casa. Al día siguiente, a las seis de la mañana, la rutina volverá a empezar.
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