Adolescentes hablaron de violencia, abandono escolar y consumo: “No sé cómo ayudarlo”

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Adolescentes hablaron sobre violencia, abandono escolar y consumo problemático. Sus testimonios dejaron al descubierto una realidad que atraviesa a muchos jóvenes: la necesidad de ser escuchados, acompañados y contenidos a tiempo.


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En el marco del Día de los Adolescentes y Jóvenes por la convivencia contra toda forma de violencia y discriminación, la palabra de los estudiantes volvió a poner sobre la mesa temas que muchas veces se mencionan desde lejos: el maltrato entre pares, la falta de diálogo, el abandono escolar y el consumo problemático.

No hablaron funcionarios ni especialistas. Hablaron ellos, los chicos que conviven todos los días en las aulas, en los barrios y en la calle. Y lo que dijeron alcanza para entender que la problemática existe, que está cerca y que, en varios casos, los propios adolescentes no encuentran cómo pedir ayuda o cómo ayudar a otro.

Milagros, alumna de primer año, contó que en su caso no sufrió situaciones de violencia, pero reconoció que conoce compañeros que sí pasan momentos difíciles dentro del ámbito escolar. Mencionó a un estudiante que, según relató, suele ser molestado por alumnos de otro curso y que muchas veces se siente mal incluso dentro del aula.

Dylan también habló desde su experiencia. Dijo que entre compañeros han tenido problemas, aunque en algunos casos pudieron resolverlos hablando. Ante la pregunta sobre el rol de los adultos, sostuvo que, muchas veces los conflictos los terminan resolviendo ellos mismos.

La respuesta se repitió más de una vez: hablar. Para los adolescentes entrevistados, el diálogo aparece como una salida posible antes de que las diferencias lleguen a un punto de mayor tensión. No lo plantearon como una frase hecha, sino como algo que conocen por experiencia.

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Otra estudiante fue más allá y contó que en su entorno familiar hubo una situación de violencia que la afectó de cerca. Habló de una cuñada que atravesó un momento difícil y dijo que le dolió especialmente por la presencia de su sobrino. Su relato mostró algo que suele repetirse en estos casos… cuando hay violencia, el dolor no queda en una sola persona. También alcanza a la familia y a quienes están cerca.

Cuando se les preguntó qué puede hacerse desde la escuela y desde el mundo adulto, los chicos pidieron más charlas, más acompañamiento y más espacios donde se los escuche. Para ellos, la escuela no es solamente un lugar de paso. “Es como una segunda casa”, resumió una de las alumnas, al recordar que pasan varias horas por día dentro de la institución.

El tema más duro apareció después: el consumo problemático y el abandono escolar. Uno de los estudiantes contó que un amigo dejó la escuela en primaria y que actualmente consume. Dijo que lo cruza en la calle, que intenta hablarle, pero que no logra que vuelva. La frase que dejó fue dura: “No sé la forma de ayudarlo”.

Ahí aparece una señal de alarma. No se trata solo de chicos que necesitan ser escuchados. También hay adolescentes que ya están viendo caer a otros de su misma edad y no saben qué hacer. Ven el problema, lo nombran, intentan acercarse, pero muchas veces no tienen herramientas.

En ese punto, el deporte y las actividades culturales aparecieron como una alternativa de contención. Una de las estudiantes contó que practica vóley y que entrenar le permite despejarse cuando tiene problemas en su casa o en la escuela. Otra alumna habló del fútbol femenino y de los viajes que realizan para competir, incluso con buenos resultados deportivos.

No lo dijeron con palabras técnicas. Lo dijeron como lo viven; el deporte los ayuda a salir, a ocuparse, a pensar en otra cosa, a no quedar solos frente a los problemas.

Al final, los mensajes de los chicos apuntaron en la misma dirección. Pidieron que otros adolescentes hagan actividades, que busquen algo que los entretenga, que hablen con alguien, que no dejen el colegio y que encuentren una manera de salir de las situaciones que los están afectando.

La entrevista dejó una conclusión difícil de esquivar: la juventud no está perdida, pero tampoco puede quedar librada a su suerte. Los adolescentes hablan, observan, sienten y advierten lo que pasa a su alrededor. Algunos ya están pidiendo ayuda sin decirlo directamente.

Escucharlos no resuelve todo. Pero no escucharlos agrava el problema.

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