El psicólogo Fernando Serrano Urdanibia habló sobre la necesidad de reconocer las emociones antes de que deriven en reacciones violentas, conductas de control o decisiones que después dejan culpa, daño y consecuencias.
En tiempos donde el enojo parece estar siempre a flor de piel, hablar de regulación emocional no es un asunto menor ni reservado al consultorio. Es, cada vez más, una necesidad social. La ira, los celos, la tristeza, la ansiedad y la autoexigencia aparecen en la vida diaria con más frecuencia de la que muchos admiten. El problema no está en sentir. El problema empieza cuando una emoción toma el volante y la persona actúa sin medir el daño que puede provocar.
Sobre ese punto habló el psicólogo Lic. Fernando Serrano Urdanibia, al referirse al ciclo de talleres de regulación emocional que se dictará en Metán. La propuesta apunta, principalmente, a trabajar sobre dos emociones que suelen naturalizarse con demasiada facilidad: la ira y los celos.
El eje de su planteo pasó por una distinción necesaria: sentir enojo, celos o tristeza forma parte de la vida cotidiana; actuar desde esa emoción, sin medir consecuencias, ya es otra cosa. En ese límite aparece la responsabilidad personal. El malestar no puede usarse como justificativo para controlar, agredir, invadir la intimidad de otra persona o descargar violencia. La frase “estaba enojado” no borra una conducta dañina. Tampoco alcanza con decir “me ganaron los celos”.
Durante la charla, el profesional planteó un ejercicio básico de respiración para bajar la tensión: una mano en el pecho, otra en el estómago, inhalar por la nariz, exhalar con lentitud y concentrarse en el movimiento del abdomen. Según explicó, este tipo de práctica se utiliza como recurso de primeros auxilios psicológicos cuando la ansiedad o la tensión son muy fuertes. No resuelve el problema de fondo, pero ayuda a detener la reacción inmediata. Y muchas veces, detenerse a tiempo evita un daño mayor.
El planteo no es menor. En la vida cotidiana, las reacciones impulsivas suelen aparecer en situaciones comunes: una discusión de pareja, una respuesta que no llega, una mirada mal interpretada, un mensaje en el celular, una pelea familiar, el tránsito, el cansancio o la presión del trabajo. Allí aparece la emoción. Después viene la conducta. Y en ese punto, la responsabilidad ya no puede correrse de lugar.
Serrano puso como ejemplo una escena frecuente; una persona ve a su pareja sonreír mientras mira el celular y, de inmediato, siente celos. Esa emoción puede aparecer. Lo que corresponde revisar es lo que se hace después. Quitarle el teléfono de la mano, exigir una contraseña o revisar conversaciones no es una muestra de amor ni de preocupación. Es una conducta de control. Y cuando eso se repite, ya no se trata de una discusión aislada, sino de un modo de vincularse que puede volverse peligroso.
El psicólogo insistió en la importancia de reconocer el problema. Aceptar que uno reacciona mal, que se excede, que levanta la voz, que golpea una mesa, que intimida, que invade o que después se arrepiente, es un primer paso. Difícil, sí. Pero necesario. Porque la tendencia habitual, como remarcó, es echar la culpa afuera: la pareja, el estrés, el alcohol, el trabajo, la provocación o “el mal día”. Todo puede influir. Nada habilita la violencia.
También diferenció la tristeza de la depresión, una confusión cada vez más repetida. Estar triste no significa necesariamente estar deprimido. La tristeza es una emoción esperable ante una pérdida, una frustración, una pelea o un fracaso. La depresión, en cambio, implica otro cuadro: cambios sostenidos en el ánimo, alteraciones en la alimentación, pensamientos de autocastigo, pérdida de interés, aislamiento u otros signos que requieren evaluación profesional. Confundir ambas cosas puede llevar a minimizar situaciones graves o, al revés, a patologizar emociones normales de la vida.
En esa misma línea, marcó otra diferencia importante: no es lo mismo hablar de emoción, sentimiento y estado de ánimo. La emoción aparece en un momento determinado. El sentimiento se construye con el tiempo. El estado de ánimo puede sostenerse y condicionar la manera en que una persona responde a lo que le pasa. Por eso, muchas reacciones no nacen sólo de un hecho puntual, sino de una acumulación previa: cansancio, frustración, miedo, inseguridad o heridas no trabajadas.
El alcohol y el estrés también fueron parte del análisis. En muchas situaciones de conflicto, aparecen como explicación. “Había tomado”, “estaba cansado”, “venía mal”, “tuve un día terrible”. Serrano fue prudente: en algunos casos pueden influir, pero en otros funcionan como excusa. El alcohol, por ejemplo, puede desinhibir algo que la persona ya venía pensando o sintiendo. No inventa de la nada una conducta. La empuja, la libera o la agrava. Y eso, en términos personales, vinculares e incluso legales, tiene consecuencias.
El ciclo de talleres no reemplaza un tratamiento psicológico. El propio Serrano lo aclaró. La propuesta busca ofrecer herramientas de prevención y regulación emocional, con base en modelos de trabajo utilizados en psicología, para que las personas puedan identificar lo que sienten, revisar si esa emoción se ajusta al hecho que la provocó y aprender otra forma de responder.
El contexto local también pesa. El profesional señaló que muchas personas necesitan atención psicológica y que el sistema sanitario no siempre logra dar respuesta por la falta de personal suficiente. Frente a ese panorama, los talleres aparecen como una instancia de acompañamiento y aprendizaje. No como solución mágica. No como terapia encubierta. Como un primer paso para quienes saben que algo en su forma de reaccionar ya les trajo problemas, culpa o daño.
La convocatoria está dirigida a personas mayores de 18 años. Serán cuatro encuentros, con cupo limitado, para permitir un trabajo más cercano y con seguimiento. Los talleres se realizarán los días 2, 7, 16 y 23 de julio, a las 9 de la mañana, en el Centro Integrador Comunitario, ubicado en Sargento Cabral y Ejército del Norte. La inscripción se realiza mediante código QR y requiere el compromiso de asistir a los cuatro encuentros y cumplir con las actividades propuestas.
Una sociedad que vive al borde de la reacción necesita volver a poner límites entre sentir y actuar. Enojarse no habilita a humillar. Sentir celos no autoriza a controlar. Estar triste no siempre significa estar enfermo. Estar bajo presión no permite descargar violencia sobre otros.
Regular una emoción no es negar lo que se siente. Es reconocerlo antes de que cause daño. Y, en estos tiempos, eso ya no debería verse como una debilidad. Debería entenderse como una responsabilidad.
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