Esteco y el mito del oro: lo que las arqueólogas encontraron bajo tierra

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Las arqueólogas María Marschoff y Julia Simioli analizan en Río Piedras materiales recuperados durante años de excavaciones. Cerámicas, lozas y piezas de hierro permiten reconstruir la vida cotidiana y revisar la antigua leyenda de una ciudad colmada de oro y plata.


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Ollas, tinajas, fragmentos de loza y objetos de hierro forman parte del registro que dejó Esteco. Son restos de la vida diaria, recipientes utilizados para cocinar, almacenar alimentos o transportar bebidas; piezas que circularon entre distintas regiones y elementos vinculados con los trabajos habituales de una población colonial.

La doctora María Marschoff y la licenciada Julia Simioli se encuentran por estos días en Río Piedras, donde revisan, clasifican y estudian materiales recuperados durante las excavaciones realizadas en los últimos años. El trabajo no está centrado en la búsqueda de tesoros ni en un hallazgo aislado. Apunta a algo más amplio; reconstruir cómo vivían las personas que habitaron Esteco entre la segunda mitad del siglo XVI y fines del XVII.

Marschoff es doctora en Arqueología e investigadora del CONICET, especializada en arqueología histórica. Simioli es licenciada en Antropología y lleva años dedicada al estudio de Esteco y de la documentación colonial. Ambas buscan relacionar los datos conservados en archivos con los objetos extraídos de la tierra. Esa articulación permite comprobar, discutir o completar lo que dicen los documentos escritos.

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Dos ciudades conocidas con el mismo nombre

La historia de Esteco comprende dos asentamientos. El primero fue Nuestra Señora de Talavera, fundado en 1566 cerca del actual paraje El Vencido, en el departamento de Anta. En 1609, parte de sus habitantes se trasladó unos cien kilómetros hacia el noroeste y se unió con la población de la Villa de Nueva Madrid. De esa fusión nació Nuestra Señora de Talavera de Madrid, también llamada Esteco, en cercanías de Río Piedras y Metán.

La segunda ciudad permaneció habitada hasta 1692, cuando un terremoto terminó por precipitar su abandono. Para entonces, sin embargo, Esteco ya había perdido población y soportaba serias dificultades económicas, ataques y conflictos propios de una zona de frontera. La investigación histórica muestra que sus habitantes se desplazaban con frecuencia hacia Metán, Rosario de la Frontera, Córdoba y otros puntos de la antigua Gobernación del Tucumán. No se trataba de una comunidad estable ni aislada, sino de una población en movimiento. Los estudios de Marschoff reconstruyeron esas mudanzas y relaciones regionales.

El material reunido en Río Piedras proviene, en buena medida, de las excavaciones iniciadas por el antropólogo Alfredo Tomasini y continuadas por Damián Coronel, junto con trabajadores y colaboradores locales. Los trabajos permitieron localizar estructuras de adobe, sectores de la antigua iglesia, dependencias próximas a la plaza y numerosos objetos de uso cotidiano.

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Entre las piezas conservadas hay cerámicas de producción local, tinajas, ollas, lozas y elementos de hierro, como ganchos empleados en tareas de carnicería. Algunos recipientes fueron fabricados en otras regiones y habrían llegado con productos como el vino. Su procedencia ayuda a reconocer los circuitos comerciales que vinculaban Esteco con otros territorios coloniales.

La alimentación ocupa un lugar importante en este estudio porque las vasijas utilizadas para cocinar y guardar alimentos suelen ser los objetos que mejor resisten el paso del tiempo. Su forma, composición y procedencia aportan información sobre las prácticas domésticas, el intercambio de mercaderías y las relaciones entre distintos grupos sociales.

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La arqueología pone a prueba la leyenda

Durante generaciones, Esteco fue presentada como una ciudad opulenta, cargada de oro y plata, destruida como castigo por los excesos de sus habitantes. La tradición llegó a compararla con Sodoma y Gomorra. Sin embargo, los materiales recuperados hasta ahora no sostienen esa imagen.

“El oro y la plata no aparecen bajo ninguna forma”, señalaron las investigadoras durante una entrevista con Spacio TV. Los metales encontrados están asociados, principalmente, con piezas de hierro o cobre destinadas al trabajo y a la vida diaria.

La ausencia de metales preciosos no disminuye el valor de los hallazgos. Por el contrario, permite separar el relato popular de la evidencia arqueológica. El valor de una olla, una tinaja o un fragmento de loza no está en su precio, sino en la información que conserva sobre quienes lo fabricaron, utilizaron o transportaron.

La documentación colonial también describe una realidad alejada de la abundancia. Hacia sus últimas décadas, Esteco tenía una población reducida y cumplía funciones defensivas sobre una frontera sometida a continuos conflictos. “Más que una ciudad, era un fuerte que estaba sosteniendo una frontera”, explicó Simioli.

La investigación tampoco puede separarse del sistema colonial. En Esteco hubo encomenderos y población indígena sometida a trabajos obligatorios. Las enfermedades, las muertes, los desplazamientos forzados y la explotación laboral redujeron de manera considerable a las comunidades encomendadas. Un estudio histórico de la Universidad Nacional de Salta relacionó esa disminución con la persistencia del servicio personal y con las condiciones impuestas a los pueblos originarios.

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Los documentos registran, además, ataques contra la ciudad desde mediados del siglo XVII, entre ellos uno de gran magnitud en 1664. Las investigadoras advirtieron que esas referencias deben leerse dentro de una conquista violenta, atravesada por enfrentamientos, desplazamientos de comunidades indígenas y campañas militares. La población de Esteco también participó en la guerra calchaquí y recibió grupos trasladados por la fuerza durante aquel conflicto.

Ese cuadro resulta más complejo que la vieja historia de una ciudad rica arrasada por un castigo sobrenatural. Esteco fue una sociedad colonial desigual, con habitantes de distintos orígenes, relaciones comerciales, trabajo forzado, movimientos de población y períodos prolongados de inestabilidad.

Las tareas actuales incluyen el análisis de las colecciones conservadas y el relevamiento de posibles estructuras en sectores que todavía no fueron excavados. La investigación sobre Esteco I ya permitió establecer una secuencia arqueológica para estudiar la ocupación humana de los siglos XVI y XVII, pese a la vegetación y a las modificaciones naturales sufridas por el terreno. Ese trabajo fue publicado por Marschoff, Simioli y Carola Castiñeira.

Como parte de esta nueva campaña, el sábado 1 de agosto, desde las 10.30, se realizará una visita abierta en el sitio arqueológico Esteco II. Allí, las especialistas explicarán el trabajo y los avances obtenidos. Será también una oportunidad para observar cómo la arqueología recupera la historia humana a partir de aquello que quedó bajo tierra; no grandes tesoros, sino los objetos comunes con los que una sociedad trabajó, comió, comerció y sostuvo su vida diaria.

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